El costo de las promesas rotas
“Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir
”
Francisco de Quevedo
Por Carlos Pavón Campos.- No se puede gobernar engañando, rompiendo promesas o escondiéndose, porque el riesgo es altísimo y ya lo estamos viendo.
Y no solo me refiero a lo ocurrido este fin de semana en Zacatecas, donde la agenda de la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que ser cancelada porque se sabía que vendría el reclamo del pueblo. Ya son varios puntos de la República donde distintos sectores de la sociedad la han interceptado para decirle de viva voz lo que muchos gobernadores no le dicen: que hay enojo, hay cansancio y hay una profunda decepción.
Curiosamente, nuestro estado, Zacatecas, se ha convertido en uno de los epicentros del reclamo nacional. Si no son los productores de frijol exigiendo un trato digno, son las feministas gritando por respeto, son los maestros de la Coordinadora reclamando que les cumplan lo que les prometieron, o somos las y los mineros del FRENTE levantando la voz contra los golpes al salario de los trabajadores, empezando por el tope a las utilidades, y defendiendo también la salud de todos los fresnillenses al exigir ya la construcción del nuevo hospital del IMSS.
Pero, ¿cuál es el común denominador entre estos casos? El engaño. Puras promesas rotas. La palabra de alguien fue empeñada a cambio del voto y hoy resulta que ese cheque no tiene fondos. Siempre pasa lo mismo: políticos en campaña que prometen lo que saben que no van a cumplir, pero que al final piensan que no importa, porque según ellos “a los mexicanos se les olvida todo en cinco minutos”. Eso no es gobernar; eso es abusar del pueblo.
Hoy, sin temor a equivocarnos, podemos decir que es casi imposible encontrar una promesa verdadera entre tanta retórica. Año con año escuchamos lo mismo: “nosotros no somos iguales”, “les vamos a regresar lo que les quitaron los neoliberales”, “habrá medicamentos para todos”, “tendremos un sistema de salud mejor que el de Dinamarca”, “se acabará la corrupción”, “los apoyos llegarán directo a los productores”. Y como esas, hay cientos que no se cumplieron y que, por lo visto, tampoco tienen intención de cumplir.
Tan solo en el caso de los maestros, hablamos de más de un millón de mexicanos que votaron no solo por un color, sino por una promesa. Creyeron que habría respuesta a sus demandas y hoy reciben, si bien les va, puras evasivas. Voto emitido, promesa al olvido.
El costo ya no es político: también es social y económico. El paro magisterial ya se calcula en cientos de millones de pesos. Las aulas están vacías, las niñas y los niños se quedan sin clases, y nuestras infancias aprenden demasiado temprano lo que significa que les pisen sus derechos constitucionales.
Ahora, si vemos la situación de manera generalizada, las promesas rotas alcanzan para todos los mexicanos. No bajó el precio de la gasolina ni del gas. Prometieron un crecimiento económico nunca antes visto y hoy el crecimiento es paupérrimo.
Prometieron acabar con la corrupción, pero la corrupción no se acaba por decreto ni con discursos mañaneros. Prometieron salud, pero siguen faltando medicamentos, camas, especialistas y hospitales. Prometieron justicia laboral, pero permitieron una reforma que topó las utilidades, arrebataron los recursos de las subcuentas de vivienda del INFONAVIT, limitaron las horas extras y ocuparon los fondos de las AFORES para financiar al Estado.
El enojo no es casual, es la reacción humana al descontento, a la decepción constante y a la frustración. No se puede vivir de promesas y entregar puros engaños. Es momento de que el Gobierno, junto con toda su estructura, haga una pausa y trate de resarcir el daño, porque el descontento ya es mucho, es en todos lados y el pueblo, sí, el pueblo bueno, ya no quiere discursos, quiere respuestas.
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